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Artículos y noticias

Contra el fanatismo

01 de Marzo de 2015

Por Juan Antonio Hormigón

El tiempo pasa de modo voraz consumiendo las noticias. La matanza terrorista de Charlie Hebdo tuvo lugar hace no mucho, pero ya parece perdida en el pasado. Nosotros tenemos no obstante la responsabilidad y el deber de pronunciarnos contra este atroz atentado que es, como todos los de su especie, repugnante y merecedor de nuestra condena. Dicho esto, no deja de ser sorprendente la justa importancia que se ha dado a este suceso aunque olvidando otros no menos graves, que se suceden en el tiempo y afectan a periodistas masacrados por organizaciones mafiosas o criminales ligadas a algún tipo de poder político, económico o sectario.

La concentración de Jefes de Estado que se reunieron en París para encabezar una manifestación ciudadana de enormes proporciones, aportó una dimensión espectacular de dudosa filiación, por más que se la presentara con ditirámbicos adjetivos. Las fotos que mostraban la lejanía que mediaba entre este grupo de dirigentes políticos arropados por figurantes a la medida, y la manifestación real, dejaba a las claras presencias y objetivos. Por otra parte, entre los congregados aparecían algunos personajes caracterizados por su persecución a periodistas decentes y valerosos, bien distintos a los mercenarios a quienes pagan para ensalzarlos o para que justifiquen sus tropelías. La libertad de expresión les importaba una higa a varios de ellos, tan sólo consideran la que ellos deciden como tal.

El asesinato de periodistas responsables y honrados es antiguo. En fecha reciente fueron muchos los eliminados violentamente en Honduras, tras el golpe de Estado contra el gobierno constitucional de Zelaya. En México, la persecución de estos profesionales ha sido intensa por parte de las organizaciones del narco y quienes actúan como colaboradores. De alguna historia supe directamente cuando trabajé allí. En los terribles bombardeos de la franja de Gaza, las informaciones independientes dan cuenta de dieciséis; en Novorusia, las repúblicas de Donetsk y Lugansk unidas, son doce los masacrados hasta la fecha.

En ninguno de estos casos hubo reacciones políticas constatables por los dirigentes políticos gubernamentales o de los partidos mayoritarios al servicio del sistema. También la prensa en papel y las televisiones establecidas, callaron y callan aquellas noticias que no puede desvirtuar, siempre en beneficio de mantener el consenso de un sistema que conduce, es notorio, a la desigualdad.

Por tanto el contenido de este escrito no puede limitarse a la sola condena de los actos terroristas, a la casuística de precedentes o concomitantes, sino de aquello que los sustenta desde el estrato de la mentalidad, que a mi entender no es otra cosa que el fanatismo. El fanático está convencido de que su idea es la mejor y la única que tiene un valor incuestionable, por lo que menosprecia las opiniones de cualquier otro. Se dice que las defiende con ceguera y apasionadamente, pero esa terminología descontextualizada no expresa con claridad el perfil del fanático. Las creencias asentadas, las convicciones firmes, enarboladas con vigor y entereza, no deben confundirse con el fanatismo. Tampoco con la defensa de los derechos socialmente comunes.

Por el contrario el fanatismo surge esplendoroso en los ardides para la preservación de los privilegios de grupos dominantes o castas, de creencias religiosas que se consideran como únicas y rechazan al resto, más aún a quienes no practican religión alguna. Así mismo, entre quienes están dispuestos a condenar al ostracismo a aquellos que disienten de su opinión e incluso, cuando pueden, a eliminarlos. El fanático da importancia extrema a los símbolos, los gestos o los ritos, en mucho mayor grado que la substancia de la creencia, reducida habitualmente a unas cuantas afirmaciones o negaciones contundentes, sin apoyatura racionalizada.

Las visiones sectarias religiosas, el nacionalismo cerrado y excluyente, las Cruzadas, la Inquisición, el puritanismo o el fundamentalismo islamista surgieron como frutos del fanatismo. Hay muchos más ejemplos de mayor o menor porte que pueden añadirse a la lista. Otra forma de generación del fanatismo no menos grave, es la mentalidad competitiva que se ha querido instaurar en la sociedad española y que hace a los que padecen la enfermedad, reos de su afán de conseguir lo que buscan a cualquier precio, cueste lo que cueste, sin parar en miramientos. Y claro, la entraña del sistema está construida sobre el principio de la competitividad como procedimiento apropiado y fin excelso en la forja de los individuos. Porque existe a su vez un fanatismo neoliberal, que hace que sus adeptos desprecien y persigan aquello que no cuadra con su catecismo, por mucho que vaya en contra del sentido y el bien común.

De todos modos, nuestra vida cotidiana está repleta de incitaciones al fanatismo. La más notoria: las competiciones deportivas y el fútbol en grado sumo. Parecen pensadas para formar fanáticos. Una expresión aparentemente necia tan sólo, como es: “Yo quiero que gane el Madrid –pueden colocar el nombre de otra entidad cualquiera–, aunque sea de penalti injusto en el último minuto”, posee un contenido fanático que lleva a veces hasta el crimen.

Así las cosas, podríamos determinar que el fanatismo se sustenta o define a través básicamente de algunas señas de identidad, como el deseo tenaz y denodado por imponer sus propias ideas, el desprecio a quienes consideran diferentes o extraños, fundamentarse en unos pocos enunciados que asumen como incuestionables, practicar una visión simplista y cerrada de las cosas pues para ellos todo es blanco o negro, y finalmente, carecer por completo de todo espíritu crítico.

Solemos calificar al fanático como una persona ignorante e ingenua, con un razonamiento elemental, apenas suficiente para justificar y defender sus creencias mediante la agresión o juzgando a los demás como enemigos o herejes. Tampoco acepta consejos ni es susceptible de cambiar de criterio, lo cual hace extremadamente difícil su evolución y cambio de mentalidad. Por otra parte, desde el punto de vista psicológico, una personalidad insegura y con sentimiento de inferioridad es propicia para que abrace algún tipo de fanatismo buscando seguridad, cuatro certidumbres simples que se adoptan de manera ciega y acrítica, así como la búsqueda de un gregarismo protector que lo libere de la responsabilidad de tomar decisiones.

El fanatismo es una lacra social más extendida de lo que parece. Con frecuencia su mentalidad es un reflejo de la pertenencia a un grupo social, por familia, amistades o trabajo, en el que existe el sentimiento exaltado por suprimir a los que se oponen a sus creencias y modo de ver la vida. Los medios de comunicación pueden convertirse en muñidores de fanatismos con sus desinformaciones o silencios, al igual que con sus campañas hacia países, culturas o proyectos sin razonamiento sólido y veracidad constatada. Los periodistas mercenarios ejercen con frecuencia de auténticos agitadores de los sentimientos fanáticos, los deportivos en grado sumo.

El fanatismo se agazapa bajo el terrorismo, al igual que sobre muchas otras conductas reprobables que sirven para justificar guerras y expolios, actitudes de superioridad o de simple chulería, obcecaciones diversas que ennegrecen la vida y una larga lista de lacras sociales.

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