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Artículos y noticias

Muchos valemos más que uno solo

03 de Octubre de 2014

 

Por Juan Antonio Hormigón.

 

Podría pasar el título por una afirmación de Perogrullo, por una banalidad, por una redundancia, y sin embargo día a día vemos que la tentación del solitario que desdeña los acuerdos o la solidaridad, se convierte en hábito de conducta de los seres humanos. Un filósofo de tanto calado como Hegel, propuso el estado más evolucionado de la conciencia de sí, como autosuficiente y capaz de absorber el conocimiento de la totalidad del mundo y el supramundo. Era una falsedad aunque él lo enunciara como certidumbre. Pero no es esto lo que más me inquieta.

El capitalismo ha creado un mito destemplado y casi obsceno como es el del individualismo, que rogaría que ningún reaccionario mostrenco de los que menudean por acá y por allá, quisiera confundir con los derechos y deberes sociales y políticos del individuo como ciudadano. Lo ha convertido en su substancia y lo promueve utilizando desde las historias de ficción en apariencia más banales, hasta las contiendas deportivas, por no hablar de los procederes económicos en los cuales se enaltecen como comportamientos deseables y del máximo valor el egoísmo, la insolidaridad, la competitividad rabiosa, la insaciabilidad por el dinero. En el origen de todas estas lacras está el individualismo, que en sus orígenes conceptuales apareció ligado a la economía política.

A fines del siglo XVIII, de ahí venimos, el egoísmo se enunciaba como virtud, como expresión suma del individualismo, como reconocimiento de sus derechos en la defensa y elogio de la codicia. Adam Smith en 1776, en suEstudio sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, lo formuló en este sentido; no era el primero y más tarde, comprendiendo los peligros, relativizó su exigencia. Pero esta concepción que ha desembocado en el denominado “egoísmo moral o ético”, aunque suponga un contrasentido su enunciación, mantiene que sólo importa aquello que responde a los intereses del individuo y desdeña actitudes altruistas o de atención al bien común. En definitiva, ha estado históricamente ligada al capitalismo más atroz e inhumano hasta llegar al neoliberalismo, degradante y voraz del presente.

El colofón de tanto atiborramiento individualista, concluye en una mentalidad que en ocasiones alcanza a las propias capas populares, que acepta que sólo tiene valor aquello que da dinero, no dinero para vivir con dignidad sino para el enriquecimiento rápido e insaciable. Enriquecerse a cualquier precio constituye un objetivo dominante muy por encima del sentido social del trabajo bien hecho, del trabajo voluntario y solidario, que se considera una estupidez; de la dignidad y la honradez, teniendo por tontos a quienes las practican. Por eso no constituye el núcleo programático de la derecha política, sino de amplios sectores de la socialdemocracia y de formaciones políticas que se autodefinen de izquierdas.

En el ámbito de la creación artística, el individualismo fructifica con palmaria feracidad. Quizá la razón estribe en la confusión que se genera entre las condiciones específicas del trabajo artístico y la dimensión ciudadana de los sujetos de las prácticas artísticas. Con demasiada frecuencia esta confrontación desemboca en actitudes negativas.

Muchas actividades artísticas se llevan a cabo en solitario y muchas veces en soledad. El escritor, el artista plástico, el compositor, pueden realizar su tarea en un cierto aislamiento. Otros como los actores, los cantantes, los bailarines, los intérpretes musicales, los directores de escena o los realizadores cinematográficos, lo hacen integrándose en estructuras grupales de trabajo más o menos amplias, sujetas a procedimientos normativos bastante específicos. Hablamos de la situación actual porque no siempre ha sido así.

Es lógico que esta forma de producir genere una mentalidad que siendo tarea individual se enfanga con frecuencia en el individualismo. A ello hay que añadir una competitividad inmisericorde en el acceso al trabajo y también a las egolatrías que se generan. Todo ello es fruto a su vez de otra contradicción diferente en países como el nuestro, agudizada por la confrontación entre los impulsos silvestres y las posibilidades reales de desarrollar su trabajo.

Más allá de esta condición profesional específica, la dimensión cívica de los trabajadores artísticos, sus circunstancias formativas, el intercambio de experiencias, la capacitación continuada, la defensa de intereses profesionales, etc., exigen a los creadores artísticos la necesidad de unirse, por muy individual que sea la acción, de laborar juntos, de sentirse acompañados, de poder mantener un diálogo productivo con sus colegas. Más aún, de configurar frentes de acción en que se conquisten derechos, se mejoren sus condiciones productivas y adquiera mayor y más valioso sentido la proyección social de sus creaciones.

Llegados aquí podemos aseverar la pertinencia de la afirmación que preside este escrito: Muchos valemos más que uno solo. Porque muchos no es tan sólo fruto de la suma de unidades, sino, en este caso, un crecimiento exponencial que nos hará más fuertes, más visibles, más reconocibles y más necesarios.

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