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Artículos y noticias

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22 de Abril de 2014

Por Jorge Urrutia.

 

Éste que tiene el lector entre las manos es el número ciento cincuenta de la revista de la Asociación de Directores de Escena de España. Si se hubiera publicado un número anual, el primero habría aparecido en 1864. Hubiera coincidido, pues, con la creación de la Primera Internacional, lo que no hubiese venido mal pues coincidirían ambas en la lucha por unas concretas conquistas sociales y laborales. De hecho, el primer número de lo que aún no era una revista, sino un Boletín, así llamado, de cuatro páginas, se abría con un artículo de Juanjo Granda titulado “El director de escena. Aprendizaje de un oficio”.

No se trataba tan sólo de defender la importancia del director de escena, sino que establecer claramente sus responsabilidades y su situación laboral y, por ende, contractual. Pronto, surgió la preocupación por historiar dicha función en el teatro español, llegando a publicar algún número francamente memorable. No hay modestia alguna en estas palabras porque, como miembro del Consejo de Redacción de la revista, creo que es justo que nos sintamos orgullosos de los logros obtenidos, el primero de los cuales es la continuidad de esta publicación.

Pero el primer número no apareció en 1864, porque la revista no es anual. Apareció en 1985 y coincidió, por lo tanto, con otra manifestación de internacionalismo, aunque de distinto signo: el ingreso de España en la Unión Europea. No fue éste un hecho aislado, sino que formaba parte, de forma especialmente destacada, de un afán modernizador del país, que comprendía una política cultural de nuevo cuño. Así, el número dos del Boletín (publicado casi un año después del anterior, lo que da idea de la dificultad del alumbramiento) iniciaba sus páginas con un artículo de Adolfo Marsillach titualado “Una compañía Nacional de teatro clásico”.

Si el actor es importante para la revisión de nuestro teatro del Siglo de Oro, el director de escena es quien debe proporcionar el nuevo entendimiento de los textos que cada generación hace. La creación de la Compañía no podía, por ello, serle indiferente a la Asociación ni a su revista, en busca de una intervención razonadora y sabia en la cultura española contemporánea. Si Eugenio d’Ors dijese que lo que no es tradición es plagio, la búsqueda de la tradición y de su fuerza mantenida no puede faltar en la formación y el trabajo de los directores de escena que nuestro teatro precisa.

Pero esas nuevas lecturas de la tradición teatral exigen un público preparado, cuya competencia se haya formado a través de programaciones y espectáculos que compongan un panorama coherente, sobre todo en los teatros públicos, que siempre hemos defendido. Nada de extraño fue que, ya en el tercer número del Boletín, incrementado de páginas, pudiésemos leer un artículo de Lucila Maquieira titulado “La formación de espectadores”.

Aquellos tres primeros números de la revista, en 1985, marcaron ya tres temas fundamentales en todo el desarrollo posterior de la publicación: la profesionalización del director de escena, la afirmación del teatro público así como de una compañía nacional de teatro clásico y la formación de la competencia del espectador. Un muestra de coherencia mantenida a lo largo de ciento cincuenta números. Y es que lo que no es tradición, es plagio.

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