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Artículos y noticias

De la desposesión

01 de Octubre de 2013

Por MF Vieites.

 

Carne de yugo, ha nacido

más humillado que bello,

con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.

Miguel Hernández

 

Un cuatro de diciembre de 1972 el Presidente constitucional de la República de Chile pronunciaba un discurso ante la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas en el que denunciaba lo que, por entonces, era una amenaza y hoy se ha convertido en una realidad difícilmente cuestionable. Decía Salvador Allende: Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada.

En efecto, hoy ya no son los Estados quienes detentan la soberanía y gobiernan, sino la grandes corporaciones, que sólo buscan beneficios, lucro, poder, sometimiento. Hace poco un chileno de nombre Jorge Edwards, incapaz de entender lo que es una metáfora, escribía en El País, un siete de julio de 2013, un artículo titulado “El voto de los jóvenes”, en el que criticaba que dirigentes políticos, como Fidel Castro, estuviesen dispuestos a prometer la Luna, olvidando que la dictadura militar sanguinaria de Pinochet ofrendó el país entero a las multinacionales, y, como premio, miles de muertos. El huescufe Edwards, como heredero aplicado de la oligarquía chilena, aborrece “una educación igualitaria y gratuita” y proponía en su artículo “desmontar” y “de-construir” las razones de lo que denominaba “nuevo romanticismo”, que entendía perjudicial para la supuesta buena marcha de su país. Es decir, animaba a los intelectuales orgánicos de su clase privilegiada a cuestionar, atacar y subvertir los ideales de justicia, igualdad y libertad de un sector de la juventud chilena. Se trata de la desposesión de la esperanza, de sustraer la idea misma de un futuro mejor. Los señores quieren esclavos, súbditos.

Del mismo modo, un tal Wolfgang Schäuble, dicho Ministro de Finanzas de Alemania, publicaba en El País, un veinte de julio de 2013, un artículo titulado “No queremos una Europa alemana”, que supone un insulto a la inteligencia, pues sabido es, entre muchas otras cosas, que Alemania dejó de ser lo que él denomina “hombre enfermo” (sic.), gracias a un flujo enorme de exportaciones a países como Grecia, España o Portugal, alimentado con una política crediticia que permitió que tantas y tantas personas en Grecia, España o Portugal, comprasen coches, electrodomésticos y otros productos de manufactura alemana, lo que implicó una considerable provisión de fondos con los que hacer frente a los gastos de la reunificación. Como colofón necesario, la reducción de la deuda que reclama el tal Wolfgang no tiene otro objetivo que asegurar que los bancos alemanes, antes tan generosos, puedan recuperar ahora el dinero que nos prestaron para que les comprásemos sus productos, sus ingenierías. Y así, Alemania habrá hecho caja dos veces, pero, además, camina con paso firme y poderoso hacía la instauración del Cuarto Reich, sólo que ahora no será por la fuerza de las armas, ni eliminando a la población sefardí de Salónica (crimen por el que nunca podrán pagar, tal fue la barbarie), sino con el poder del dinero, con la coerción de los mercados, con el ojo del gran hermano que todo lo sabe como muestra la filtración de Edward Snowden. Pone Alemania en marcha, además, una nueva forma de desposesión: debilita las economías del sur y se apropia de jóvenes bien preparados en esos países a coste cero, privándoles de su capital humano. Pero el señor Schäuble, como la señora Merkel, no dejan de ser caballos de tablero, sargentos necesarios en Europa para un plan de mayor alcance.    

Las grandes corporaciones que denunciaba Allende han diseñado un plan global para aplicar en todo el planeta esa nueva estrategia de la desposesión, que en realidad supone el desmantelamiento de un sistema de pensamiento que tiene su origen en la Revolución Francesa y en la Ilustración, y que declaraba a los seres humanos como iguales. La posmodernidad, movimiento necrófilo en su insistencia en proclamar el “fin” de tantas cosas, supuso, en buena medida, el primer aldabonazo en la demolición de la discursividad de la modernidad y de sus mitos; pero, además, relativizando todos los discursos, todas las ideas, todos los principios, todos los valores, también apuntaló y justificó todas las perversiones que el lenguaje pudiera generar. En esa lógica “postie”, una conocida dirigente de la derecha extrema española se permitía el lujo de decir que su partido era el partido de los trabajadores, para poco después establecer que la dedicación a la cosa política fuese una actividad sólo asequible a los rentistas. Al tiempo, otra dirigente de la derecha extrema admitía y reclamaba la excepcionalidad para un proyecto monstruoso de reconversión de nuestro país en paraíso del juego, lo que supone, en buena medida, una suspensión del Estado de Derecho y de la Constitución en las instalaciones de un negocio privado, financiado con bienes públicos. Por otro lado, agrupaciones fascistas, franquistas y falangistas, se apropian del poema de Gabriel Celaya, “España en marcha”, para proclamar abiertamente su odio.

Los síntomas de esta estrategia global de desposesión aparecen por todas partes y afectan a todos los órdenes de la existencia. En cierto modo, se inicia en Chile, con la irrupción de Milton Friedman y del credo neo(ultra)liberal, lo que conduce a una privatización masiva del país que a día de hoy impide la igualdad de oportunidades, y, con ella, una mínima movilidad social. Un principio éste, el de la movilidad, que los Edwards, los Frei, los Aylwin, los Vargas, los Krauze…, y tantos otros serviles servidores del credo neo(ultra)liberal, consideran aberrante, amantes como son de una sociedad aparentemente abierta, pero profundamente dual. Y cuanto más dual sea la sociedad, cuanto menos imperen los principios de igualdad, fraternidad o libertad, más posibilidades tendrán las grandes corporaciones de lograr su objetivo, que no es otro que instaurar ese nuevo orden mundial que se diseña en Bohemian Grove, en Bildelberg, en Davos…, y que propone una sociedad neofeudal, asentada en la sumisión, la servidumbre y la obediencia, actitudes favorecidas por la pérdida masiva de derechos, un proceso que, como ya se nos dice sin sonrojo alguno, no ha hecho más que comenzar.

Pero tal vez lo que mejor defina esa estrategia de la desposesión sea la manera en que las clases dominantes intentan desprestigiar la acción política, para extender la idea de que “todos son iguales”, del “todo es lo mismo”, ya que “nada merece la pena”; una visión deformada de lo real que persigue la desmovilización efectiva de la sociedad, idea que resulta muy atractiva al antes citado Edwards, pues teme éste, en efecto, y mucho, que la movilización electoral de los jóvenes chilenos promotores de ese “nuevo romanticismo” suponga un freno al retorno de los seguidores de Pinochet al poder, del que siempre han disfrutado y que han usado a su antojo durante siglos.

En España el espectáculo no puede ser más dantesco, y las clases dominantes demuestran día a día, y con verdadero entusiasmo, carecer de otro principio que no sea el lucro personal o societario, abandonando todo principio ético, moral o religioso (pues dice el quinto ¡no mentirás!, y vaya si mienten). Parece como si hubiesen iniciado una campaña, sabiamente orquestada, con el fin de degradar y demonizar la actividad política, que debiera ser, como la etimología de la palabra nos indica, una actividad al servicio del buen gobierno en los asuntos todos de la ciudadanía. El desprestigio interesado de toda posibilidad de acción política, y la insistencia en la idea de que “es igual quien gobierne”, es lo que favorece que numerosas personas renieguen de la política, al haberse aceptado el principio de que toda la clase política está cortada por el patrón de la corrupción, del servilismo, del lucro, de la anomia intelectual, de la incapacidad extrema, del muy deficiente.

Y NO ES CIERTO. NO TODOS SON IGUALES. Pero gracias a la pertinaz mentira de que sí lo son (y MENTIRA es, por mucho que se la repita), emerge con fuerza otra forma de desposesión, cual es la de lograr (gracias, insisto, a la hegemonía de determinadas ideas asentadas en falsedades encubiertas y/o manifiestas), que un sector importante de la ciudadanía, que ya deja de serlo, renuncie a su derecho al voto, mientras las élites siguen votando para que nada cambie, para que todo siga igual, hoy como en el siglo XVIII. Y es que en España seguimos anclados en el Antiguo Régimen, seguimos instalados en la vieja sociedad estamental, la que permite que los que mandan hagan y deshagan a su antojo, según dicte su capricho o su andorga, y es que los señores existen cuando la mayoría decide asumir la condición de siervos. Y eso somos: un país de siervos, franquista hasta el tuétano, arrodillado ante el señor y la cruz.

¿Hasta cuándo permanecerá muda la escena, ante tanta infamia? ¿Es que en los escenarios no hay nadie?

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