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Artículos y noticias

De la condición postcorrupta

15 de Abril de 2013

Por Manuel F. Vieites.

Retomo la idea expresada por Jean-François Lyotard en su libro La condición postmoderna, para referir una condición que, si bien no es nueva, pues la corrupción de las conciencias y voluntades es tan antigua como la humanidad, sí al menos resulta especialmente preocupante en estos momentos. Y es que hasta hace bien poco por corrupta se tenía una conducta reprobable, criticable e incluso punible. La persona corrupta, o corruptora, no tenía un lugar en el cuerpo social, y, en ocasiones, se la consideraba una excrecencia evitable, repugnante. Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al, fue un ciudadano de los Estados Unidos de América que destacó como corruptor de personas de procedencia diversa, desde jueces a policías, sin olvidar a periodistas y editores de especial relevancia en aquel momento. Con todo, ni unos ni otros eran personas que la sociedad reconociese como ejemplos a seguir, si bien jamás han de faltar personas dispuestas a aprovechar una oportunidad, o a rumiar en silencio emulaciones notables de trayectorias deleznables. Georg Grosz retrató ese mundo con especial lucidez y virulencia artística.

Sin embargo, esa visión negativa de la corrupción ha ido variando a lo largo del último siglo, al punto de que iniciado el XXI la corrupción ya se acepta como una conducta posible, inevitable, y, por tanto, normal, necesaria, y crecientemente positiva. En la lógica de la valorización del término opera un argumento para no pocos incontestable: “si no coges la pasta, otro lo hará, así que espabila que sólo se vive una vez.” La muerte de Dios, berreada por Nietzsche y su cohorte actual de acólitos nihilistas descreídos de todo menos del parné, puede tener algo que ver en todo esto, porque el paraíso hay que montarlo en esta vida, y no en otra que ya se considera improbable; pero también la relativización de los valores tan aclamada por la condición postmoderna, nacida al amparo del deicidio del alemán.

De esa situación de aceptación de la corrupción como conducta inevitable, dan buena cuenta los sucesivos ejemplos de la ciudadanía votando. ¿Cómo es posible que en tantos lugares de Europa los políticos corruptos aumenten su popularidad y el número de votos siempre en función del número de corruptelas en las que se ven envueltos? Sencillamente porque sus votantes se identifican con esa conducta, la aplauden y, en el fondo, desearían ser partícipes de tanta dicha. Una parte importante de los votantes de Silvio Berlusconi lo son porque les encantaría ser, como él, ricos, poderosos, con buenas fincas, muchas “velinas” y mucho “bunga bunga”. Albert Camus, en su texto magnífico Calígula, ya mostraba con crudeza enorme las miserias de la condición humana y su disponibilidad para colaborar con la barbarie y la ignominia.

La condición postcorrupta es una deriva radical e inevitable de la condición postmoderna, en tanto ésta pone en tela de juicio y se afana en derruir de forma sistemática muchos de los valores en la modernidad, entre ellos la lectura dialéctica de la realidad, proclamando el fin de las ideologías. En esa dirección, una de las consecuencias evidentes de las sucesivas fiebres colectivas (y utilizo la palabra fiebre en su sentido de calentura y amodorramiento) que ha provocado la postmodernidad, ha sido la pérdida de un conjunto de discursos y conceptos nucleares de una idea de lo social y de la república que derivaban de los primeros pronunciamientos de la modernidad, especialmente con la Revolución Francesa, que proclama el ideal de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

Por todas partes se oyen voces, se contemplan presentaciones, se enuncian discursos y se elaboran proclamas, que buscan cuestionar, relativizar o derruir las ideas de libertad y de igualdad, y al mismo tiempo se propone la conducta corrupta como algo habitual, como algo consubstancial a la condición humana y con lo que hay que vivir. Por eso, los escándalos de corrupción ya no escandalizan en nada, como tampoco escandalizan a nadie el que los políticos “cantinfleen” para justificar lo que antes era injustificable pero ahora ya es admisible, lo que antes era reprobable y hoy acaba por ser deseable. Una sociedad que permite, perdona, aplaude o desea la corrupción es una sociedad postcorrupta, y España en el momento actual lo es; la España negra y atávica que ahora mismo se eleva sobre sus peores páginas parece ser la avanzadilla de un nuevo modelo de sociedad, que, derruidos los mitos de la libertad, de la igualdad o de la fraternidad, regresa a los tiempos anteriores a la Revolución Francesa para recrear un nuevo feudalismo en el que la única dialéctica posible está en el tener o no tener, de la que tanto y tan bien escribió Erich Fromm. Ese emporio del juego que se quiere instalar en Madrid y en Tarragona, por encima de cualquier normativa, es un buen síntoma de la deriva fatal de un país sin rumbo.

En todo el mundo se ha puesto en marcha un plan perfectamente calculado y calibrado que tiene como objetivo iniciar, desarrollar y asentar la desposesión, para que cada vez sean menos las personas que tengan, y cuando hablamos de tener nos referimos a derechos, e incluso a deberes: educación, sanidad, trabajo, vivienda, libertad, participación, voto, tiempo libre, ocio, ahorros… Y todo ese proceso de desposesión va acompañado de un proceso de domesticación y domestización de la cultura y del entretenimiento, que destaca por convertir la mediocridad y la frivolidad en tendencias dominantes, al tiempo que se asienta en formas de relación que van eliminando poco a poco las formas de sociabilidad asentadas en aquello que Jacbob L. Moreno definiera como encuentro cara a cara. Toni Cabré ha escrito una obra excelente, Navegantes, en la que da cuenta de los peligros que genera la proliferación de la comunicación virtual. El universo que algún día imaginó Phillip K. Dick en Do Androids Dream of Electric Sheep?, queda muy lejos, pues los referentes de esa nueva sociedad habrá que buscarlos más bien en el antiguo don del derecho gentes del que ya hablaba Tomás de Aquino en su Summa Theologiae para justificar y sancionar la esclavitud, partiendo de Aristóteles. Vuelvo a insistir en el hecho de que los espectáculos que se presentan cada año en Bohemian Grove, junto al rito denominado “Cremation of Care” (que habría que traducir por “cremación de la responsabilidad”), indican con claridad cómo los más poderosos del mundo anhelan una sociedad protofeudal en la que las masas son conducidas, como un rebaño, por sus líderes naturales; una cremación que supone la renuncia consciente ante cualquier responsabilidad por los actos cometidos, por las fechorías perpetradas, por la barbarie desatada.

Juan Ruiz, más conocido por ser Arcipreste en Hita, Guadalajara, señalaba en su día que “quien no tiene dinero no es de sí señor”, y subrayamos la importancia del vocablo “señor”, pues en el necesario ejercicio del tener que conduce a la condición de “señor”, todo es posible y todo justificable, también la corrupción, como nos muestra la historia nobiliaria o la más reciente de los nuevos ricos, pues para que uno tenga otros dejan de tener. El Diccionario de la Real Academia Española, utiliza términos y expresiones muy fuertes y rotundas, en el plano ético y moral, para explicar conceptos como corrupción, corromper o corrupto, si bien vistos en la perspectiva de la condición postmoderna los conceptos de ética y moral acaban por ser meros discursos en los que todas las interpretaciones y todas las inclinaciones son posibles. Todos los días oímos o leemos en tertulias, foros y columnas, las palabras de corruptos condenados en su día, que peroran sobre el bien y el mal cual ángeles primigenios e impolutos.

Y una de las cuestiones que más van a incidir en el pleno asentamiento de la condición postcorrupta, y en la sociedad que la consagre, es la pérdida de la idea de lo público, porque si lo público desaparece todo pasa a situarse en la esfera de lo privado, con lo que la idea de la responsabilidad ante el cuerpo social se desvanece, al tiempo que éste desaparece. En esa dirección caminan los jinetes del ultraliberalismo más radical, convencidos que la libertad individual para hacer y deshacer es un bien irrenunciable, sabedores de que esa libertad permite hacer y/o decir ahora una cosa y al momento la contraria, sin que ello suponga contradicción o mentira sino una simple manifestación de la sacrosanta libertad propia, una afirmación individual incluso frente a los otros (en los Estados Unidos de América pistola en mano). Y así la hipocresía deja de ser fingimiento y pasa a ser una palabra antigua que sólo denota adecuación a las circunstancias. El corrupto pasa a ser primero pillastre y en poco tiempo benefactor. En España abundan los ejemplos del tal tránsito. 

Ahora bien, una cosa es la condición postcorrupta y otra bien diferente el derecho a ejercerla, porque si bien en España campa a sus anchas una fiebre postmoderna que se ha asentado en diferentes ámbitos de la esfera pública, no todas las personas tienen la posibilidad de padecerla, en tanto una de las claves de estas condiciones post radica en la necesidad de contar con un público numeroso que con su aquiescencia e identificación garantice la continuidad de un espectáculo que no es simulacro, sino que es la vida misma. Sin embargo, para reducir al máximo la distancia entre espectáculo y espectador, los generadores de aquél siempre mantienen viva la esperanza de que cualquier espectador puede ocupar un lugar en el mismo, de ser un hermano más en la congregación. Por eso la condición postcorrupta es tan apetecible para tantos, porque se alimenta la posibilidad de que cualquiera se podrá subir al carro cuando menos se lo espera. Esa sería una de las razones de que algunos partidos políticos tengan tan gran número de afiliados, para estar a la que caiga. Y algo siempre cae.

En breve, los famélicos y sometidos seremos legión…

Revista ADE-Teatro, nº 145. Abril-Junio 2013.

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