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Artículos y noticias

Perplejidad absorta

15 de Octubre de 2012

 

Por Juan Antonio Hormigón.

 Lo reconozco y testifico: me siento a la par absorto y perplejo ante la situación que aqueja y en la que se debate España. Sé que no soy el único. He leído una carta que el filósofo Paco Fernández Buey remitió a Salvador López Arnal pocas semanas antes de morir, y que este transcribió en Público, en la que dice:“Sigo las novedades del mundo como puedo e intentando entender lo que dicen los economistas al respecto. La verdad es que cuesta entender este mundo y entenderles a ellos”. Mi perplejidad no es solitaria y me siento bien acompañado.

La producción cultural está inmersa sin duda en una sucesión de sinsabores, espinosos y acuciantes sinsabores, pero la mayor parte tiene su origen en los problemas económicos que nuestro país atraviesa. Por eso dilucidar lo uno nos lleva al mismo tiempo a tratar de lo otro.

 

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La perplejidad es fruto de que me asaltan múltiples preguntas para las que no percibo apenas réplicas. La inicial que se me ocurre es tan simple como saber qué es lo que de verdad sucede y por qué. Posiblemente sea la que se hace gran parte de la ciudadanía de Europa, puede que incluso más allá, y por supuesto la española. Las grandes hecatombes de Grecia, Portugal e Irlanda, se vincularon a cuestiones concretas que afectaron a sus bancos como consecuencia de las estafas monstruosas de diferentes entidades financieras estadounidenses. También al estado de sus deudas. Esto se dijo al menos, puede que fuera algo más.

No debemos olvidar que algo debieron de percibir ciertos políticos, dando prueba de su perplejidad extremada en aquel momento, quienes llegaron a propalar, tal fue el caso de Sarkozy, que “había que reformar el capitalismo”. De algún modo se venía a reconocer o al menos diagnosticar, que nos encontrábamos ante una pavorosa y colosal crisis del sistema, es decir del capitalismo tal y como hoy se manifiesta, en el que la economía real queda sometida al dominio de la economía financiera, la que interesa y conviene a los estratos más conspicuos del gran capital.

Aquello se dijo pero nunca más volvió a aludirse a la cuestión. Sin embargo lo que nos dicen que denominemos “crisis”, ha proseguido y afecta duramente de forma directa a una serie de países entre los que se encuentra España. También en nuestro caso se cita la deuda pública como una razón de lo que nos sucede, pero ésta sigue siendo inferior a la de otros Estados europeos. Se cita menos la deuda privada, bancos, empresas y particulares, que es muy superior y más grave.

Todo ha desembocado en una política económica de la que se ha hecho portavoz y emblema a la canciller alemana Angela Merkel, quien ha hecho de la austeridad presupuestaria el paradigma de toda su ejecutoria, y que ha provocado una recesión económica, aumento del paro, caída de la producción y del PIB, etc., de proporciones memorables. Estos son los sarcasmos trágicos del fanatismo neoliberal.

Es elocuente la cólera de los ciudadanos al ver que los que en primera instancia aparecen como responsables de haber arramplado con dineros públicos en su provecho propio, siguen en sus casas tan orondos sin que nadie les obligue a devolverlo. Incluso algunos periodistas bien engrasados, ensayan justificaciones para sacarlos del ojo del huracán. Entre tanto esos mismos cargan con todo su bagaje argumentativo, que es corto y deleznable aunque repleto de expresiones de apariencia solemne, contra el alcalde de Marinaleda y el grupo de sindicalistas que llenaron de comida de urgencia unos carritos de súper, para entregar el fruto de su incautación a familias necesitadas. El valor material de esta requisa es irrelevante, pero lo presentan como un desafuero máximo un acto de pillaje, mientras los que se alzaron con millones de euros descansan en sus posesiones. El quid de la cuestión reside en que si cundiera el ejemplo el sistema, también en esto, haría aguas.

Oímos con frecuencia hablar de la gobernación como si se tratara de la economía familiar, otros la comparan con la de una empresa. Es otro de los trucos neoliberales para que la gente establezca comparaciones a partir de sus condiciones individuales, a las que el sistema ha empobrecido. Es una forma de implementar de forma deliberada la “estrategia de choque” que figura en sus manuales.

Pero la falacia hace su camino. Así puede plantearse la privatización de la sanidad, de la educación, de la cultura, desatender la investigación, afirmar que las empresas públicas son una ruina… Y se concluye con el axioma justificativo: No son rentables…, por eso hay que privatizarlas para que unos emprendedores generosos las conviertan en pingües negocios. Que lo pague la ciudadanía es una cuestión menor, al fin y al cabo llevan zapatos y antes no, antes fueron esclavos o siervos de la gleba y ahora hasta se les permite votar. ¿Cómo puede compararse la gobernación de un Estado con una empresa, si no es para implementar dicha maniobra contra el país? En esto ante todo, son un ejemplo de antipatriotismo pertinaz.

Hay no obstante economistas que se han esforzado por explicar lo que sucede. Tal es el caso de Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón, autores del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, aparecido en 2011, cuyo título expresa claramente sus intenciones. En el presente año han producido un nuevo volumen que prolonga sus planteamientos: Lo que España necesita. Una réplica con propuestas alternativas a la política del PP, editado por Deusto. Se podrá o no estar de acuerdo con el planteamiento de los autores, pero sin duda proponen acciones políticas y económicas a la situación existente.

Otro economista cuyas opiniones son reveladoras, es Juan Antonio Maroto, catedrático de Economía Financiera de la UCM. Sus propuestas son menos radiculares que las de los anteriores, pero no vacila en afirmar, por ejemplo, respecto al rescate bancario: “Los inversores, llevados de su codicia inherente a la rentabilidad del capital, nunca se van a calmar, salvo que se conozcan unas condiciones del préstamo que disuadan la especulación y el arbitraje entre las distintas deudas soberanas. Pasando en primer lugar por una valoración adecuada de la verdadera prima de riesgo de Alemania, que desde luego no es el 0%”.

Cosas de las que se han hecho le parecen un contrasentido que acentúa los problemas: “En primer lugar, estoy convencido de que la desaparición de las cajas de ahorros ha sido el primer error que se ha cometido en nuestro sistema financiero. Bien es verdad que con la responsabilidad de todos los que éramos clientes de las cajas, ya que nunca asumimos que éramos pequeños co-propietarios con nuestras libretas de ahorro”. En el mismo tono advierte de lo negativo que resulta la desaparición de las empresas públicas, aquellas que no son invenciones clientelares por supuesto. Respecto al origen del vendaval, no duda en referirse a la actitud de los Estados Unidos frente a Europa, “porque nos ve como un riesgo para el dólar y para su primacía en los mercados internacionales”.

Poco o nadade todo esto y de muchas opiniones más, fundamentadas y no delirios de tertulianos fanáticos y grotescos, tiene fácil cabida en los debates públicos o no se las escucha. Muchos políticos de la Restauración fueron ante todo agentes de la oligarquía del cereal y del olivo; ahora da la impresión de serlo de las multinacionales, los grandes consorcios financieros y más aún de quienes controlan estas instancias, cuyo interés intenta gobernar el mundo al margen de los procedimientos democráticos por muy manipulados que estén.

Ahora ya no basta con soñar en tomas del Palacio de Invierno, ya no hay ningún palacio de invierno en que radique el poder. Entre ocultamientos y sombras, el poder ha perdido rostro y sólo percibimos que los políticos no lo tienen en representación del pueblo, sino que el poder opera desde estratos incógnitos y los políticos obedecen sin saber quiénes son exactamente los que les mandan y de dónde emanan las órdenes. La ciudadanía está muchas veces absorta ante el espectáculo de la claudicación.

 

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Cierta parte de lo que acaece en el mundo cultural tiene como responsables a muchos de los sujetos activos que pueblan su territorio. Unos más que otros desde luego, pero no puedo aquí hilar tan fino como para establecer las diferencias. No hablo de los recortes en inversión pública, cierres y desapariciones de líneas de programación, sino de cómo todo esto se produce en un marco de indefinición legislativa que deja expedito el territorio para que esto pueda llevarse a cabo con total impunidad.

Desde los segmentos definidos de la producción cultural, se ha creído y considerado durante largo tiempo que los poderes públicos practicaban una especie de beneficencia hacia el mundo de la cultura. Pocos eran los que lo consideraban como una parte sustantiva del Estado democrático y de la condición intrínseca del ciudadano, por lo que el Estado invertía en aras de convicciones profundas y con objetivos perceptibles de amejoramiento social y desarrollo de las capacidades de la ciudadanía, así como la búsqueda de su disfrute y perfeccionamiento.

No pocos se sintieron a gusto con esta situación. Unos, que se consideraban “creadores”, no querían “contaminarse” con debates sobre organización o economía de la cultura. Por otra parte, detrás de dicha etiqueta se esconden en ocasiones auténticos “delincuentes” culturales que utilizan cualquier subterfugio para aparentar y esconder su ignorancia e incompetencia, que anda en mancuerna con las de quienes les jalean.

Pero hubo también quienes de forma calculada y programática se negaron a concertar cualquier tipo de acción convergente para lograr que se instaurara un compromiso político y legislativo. Un alto cargo del Ministerio de Cultura me contó cómo en uno de los Consejos Nacionales que existen, una persona le espetó sin recato que no necesitaban leyes, que ya había demasiado control. Este mismo individuo meses después, habló conmigo para que hiciésemos presión para que se articulara una Ley que ordenara y legislara sobre el territorio en que trabajaba porque “era necesario”.

La cuestión radica en que cuando no se establece orden legislativo y lo que existe tan sólo es benevolencia o beneficencia de los poderes públicos, estos están en disposición de controlar los productos culturales o de cortar o reducir la inversión si vienen mal dadas o simplemente se prefiere dedicar los recursos a otra cosa.

La incertidumbre es más acusada todavía si constatamos la inexistencia de programas culturales de Estado, que los partidos políticos tampoco los tienen y por lo tanto cuando acceden a la gobernación, recurren a colocar al frente de los departamentos culturales a personas sin formación específica en la materia, que se limitan a aplicar criterios que emanan de su “buena voluntad”, de algo que han oído que se hace, casi siempre falso o coyuntural, o a seguir las “ideas predeterminadas” de algún/a listillo/a que suele causar verdaderos estragos. En muchas ocasiones, el capricho o el gusto personal sustituyen a una adecuada ponderación respecto a lo que la cultura significa y representa para que un país se sienta constituido y partícipe en sus objetivos.

La cuestión que ahora se plantea es dilucidar cuál es la frontera entre entretenimiento y cultura. Las expresiones artísticas deben serlo intrínsecamente. Por el contrario existen múltiples manifestaciones públicas que son entretenimiento y en absoluto cultura. Hay casos evidentes pero otros difíciles de deslindar. La cultura es también entretenimiento pero mucho más sin duda.

Desde hace años esta cuestión formulada con mayor amplitud y enfoques más pertinentes, ha constituido el centro de las inquietudes de mucha gente, al menos en el teatro. Es posible que fuera más efectivo hablar de las obras de cultura que tienden al disfrute y abren interrogantes al espectador sobre su condición y el mundo que habitan, y aquellas que son simple mercancía que se agotan en su propia exhibición y sólo buscan el beneficio económico. Pero también esta dicotomía tiene múltiples variantes que habría que solventar. Sí diré que es una cuestión substancial y que la última broma con la que nos podemos encontrar es que productos ínfimos, de nulo interés artístico y vaciedad absoluta, quieran erigirse y protegerse con la cultura como coartada. Demasiadas veces lo hemos visto ya.

 

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¿Alguien se ve capacitado para cambiar los vericuetos, trampas y sanciones tiránicas del sistema existente en esta parte del mundo? ¿Existe un discurso político de alguien, me refiero ante todo a organizaciones constituidas, que quiera realmente transformar el sistema en esta parte del mundo? ¿Es perceptible, o al menos suficientemente perceptible este discurso entre los ciudadanos? ¿Estamos dispuestos a arrostrar los esfuerzos de una acción realmente transformadora? ¿Existe conciencia cívica de su necesidad? ¿Tenemos el valor cívico para decir la verdad respecto a lo que sucede, para señalar a sus responsables y exigir responsabilidades, para aceptar en definitiva la verdad y apoyar soluciones que apuesten por el bien común y no por el beneficio de los privilegiados?

Me asustan las respuestas que me doy y eso acrecienta mi perplejidad.

 

Revista ADE-Teatro nº 142, Octubre 2012

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