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Artículos y noticias

Acerca de la conveniencia de debatir sobre el sexo de los ángeles

01 de Octubre de 2012

Por Alberto Fernández Torres.

 

La oportunidad de escribir un artículo de opinión en nuestra revista sobre temas más o menos reivindicativos, como es el caso, permite adoptar dos diferentes puntos de vista: o hacerlo, según una visión de “dentro a fuera”, para manifestar lo que podrían o deberían ser las posiciones de nuestro colectivo profesional sobre temas de especial relevancia; o hacerlo, con una visión “hacia adentro”, para reflexionar sobre la mayor o menor pertinencia del contenido y forma de esas posiciones. Lo primero, por ocioso que sea decirlo, conduce a la crítica; lo segundo, a la autocrítica; o, al menos, a algún género de autocrítica.

Viene esto remotamente a cuento porque la pretensión de estas líneas es reflexionar levemente sobre algunos aspectos relacionados con las posiciones del sector (cultural y teatral) en relación con las causas y efectos de la crisis actual; y muy especialmente sobre la cuestión de la subida del IVA cultural, tomada más como ejemplo o síntoma que como núcleo central de la reflexión.

Puede estar seguro el lector habitual de estas páginas de que nada que yo pudiera decir en tono crítico sobre éste y otros efectos “no naturales” de la crisis debiera diferir significativamente de lo que él mismo estará ya pensando una vez que se le ha puesto el asunto ante los ojos. Por ello, adoptar la primera de las visiones apuntadas resultaría también ocioso. En consecuencia, y sin pretensión de que el intento nos lleve mucho más lejos, optaré por la segunda.

No forzaré el gasto de demasiada tinta para subrayar que, como es obligado, y con tal o cual matiz secundario, me sumo a las protestas que han sido formuladas de una u otra forma por profesionales del sector desde el pasado mes de julio en contra de la subida del IVA cultural. Sin embargo, hecho esto, dejemos un poco de hueco para algún pensamiento autocrítico por lo que pudiera valer, que ya se me alcanza que será poco.

El primero es que, aun cuando el mismo día en el que redacto estas líneas, un periodista publica en un diario de ámbito nacional el generoso comentario de que “el mundo de la cultura y el espectáculo inició una ruidosa campaña en contra de la iniciativa fiscal del Gobierno” de subir el IVA de la cultura hasta el 21%, lo cierto es que el “ruido” de la campaña está muchos decibelios por debajo del Apocalipsis que los propios empresarios del sector están vaticinando: el cierre de una de cada cinco empresas del sector, la destrucción de 4.500 empleos directos, la reducción de 530 millones de euros de ingresos y la pérdida de 43 millones de espectadores (se entiende que “de localidades”, salvo que la subida del IVA se capaz de aniquilar a la totalidad de la población española). Pues bien, si este cálculo es correcto, convengamos en que el “ruido” generado lo ha sido con bastante sordina, dada la manifiesta desproporción entre la intensidad de la protesta realizada y el destrozo anunciado de la medida.

El segundo es que la amenaza del Apocalipsis ha conducido a los empresarios de la industria cultura a solicitar una moratoria de seis meses en la aplicación de la subida del IVA. O sea que Armagedón, vale, pero en cómodos plazos; que acabe el mundo, pero en primavera; que la industria cultural quede asolada, pero después de Semana Santa. Bueno, de acuerdo, es verdad que los seis meses se sugieren “para que el Gobierno pueda reflexionar y volver a estudiar detalladamente el impacto que dicha medida supondría en los distintos sectores culturales”. Es decir, como si el Gobierno hubiera necesitado lo mismo o más para reflexionar sobre los impactos de otras medidas “anticrisis” que suponen un coste mucho mayor para otros sectores económicos y sociales. De nuevo, la desproporción entre el destrozo profetizado y la “contundencia” de la reivindicación planteada llama poderosamente la atención.

Y ésta (tercera reflexión) se propuso apenas 72 horas antes de que entrara en vigor la decisión de subir el IVA, circunstancia que transmitía a cualquier lector interesado o desinteresado el ineludible sentimiento de que, en radical inversión de la famosa frase que un filósofo dedicó a otro filósofo, la reivindicación estaba tan nutrida de entusiasmo como de falta de convicción. Vamos, que igual era justa, pero que ni sus propios promotores pensaban que iban a conseguir gran cosa formulándola.

Cuarta reflexión: estamos cayendo con toda ingenuidad en lo que un inteligente Premio Nobel de Economía bautizó como “efecto de anclaje”. Consiste éste en la tentación espontánea de la mente humana de iniciar sus argumentos partiendo de la primera cifra o hecho que se le pone entre los ojos. El Gobierno anuncia una subida del 21% y el sector asume ese porcentaje como amenaza real y pasa a considerar que el porcentaje de partida (8%, según y cómo) era una situación idílica o, como mínimo, tolerable. Menos mal que el Gobierno no amenazó con un 25%: entonces, un 15% nos hubiera parecido, a lo peor, razonable. Señores: ni 21%, ni 8%, ni gaitas. Considerar que un IVA del 8% para el sector cultural es un nivel “reducido” y benéfico es pasar a admitir como aceptable una situación que no debiera serlo (y que, de hecho, no lo era).

Y, bueno, eso de que el 8% es el IVA “reducido” del sector cultural… lo será para algunos. Lo dicho: según y cómo. Porque (quinta reflexión) no es tal el caso del teatro (ni, “sensu contrario”, el caso de otras “industrias culturales”, que gozaban de IVA por debajo del 8%), ya que el sector escénico sufre desde hace lustros una situación de discriminación fiscal negativa respecto de otros sectores culturales, por no hablar de dobles imposiciones y heterogeneidad de tipos, que debiera sonrojar a cualquier administrador de la cosa pública (fiscal o cultural) al que le guste considerarse progresista en la tertulia del Casino.

Un colega en estas lides me aconseja un poco más de mesura porque, al fin y al cabo, el objetivo fundamental era mostrar una posición común del sector cultural; y, por añadidura, existía el serio riesgo, aún no del todo aparcado, de que cualquier reivindicación sectorial en medio de la crisis fuera recibida por muchos de quienes tienen altavoces de opinión al grito de “éstos quieren lo de siempre: más dinero público”, lo que todavía no se ha producido.

Y yo creo que tal conformismo es bastante chato y no conduce más que a morir de pie (postura, sin duda, preferible y más noble que hacerlo de rodillas, pero que no evita el hecho de dejar este mundo). ¿Qué el sector ha reaccionado? Loado sea Dios. Pero ha vuelto a mostrar una incomprensible ausencia de habilidad –pues la capacidad intelectual para hacer lo contrario se le supone, por mor de su propio oficio– para liderar entre la sociedad española una reflexión sobre el papel de la cultura como elemento de modernidad y como factor positivo en el diseño de una salida a la crisis.

Hace pocos meses, desde una tribuna pública, otro colega por el que siento auténtico aprecio personal se felicitaba de que en la edición 2012 de Mercartes se iba a dejar de “hablar del sexo de los ángeles”, eliminando cualquier ponencia o mesa de debate, a fin de dedicar todo el tiempo a comprar y vender espectáculos, que es lo que hace falta para salir de la crisis, según él. Seguramente, me sentí un tanto aludido por el comentario, porque en una edición anterior yo había castigado a los asistentes con una ponencia en la que disertaba sobre el sexo de cerditos y murciélagos; pero, aparte de la estúpida vanidad herida, no pude dejar de considerar que hablar del sexo de los ángeles es una estupidez… salvo que uno tenga el objetivo de aparear ángeles; o sea que depende. Dicho de otro modo y en sentido inverso: que ponerse como locos a comprar y vender espectáculos igual está muy bien, pero para ello hay que saber y compartir conocimientos de marketing y comunicación. Es decir, reflexionar, debatir, pensar… Hasta del sexo de los ángeles, si el caso lo requiere.

No digo que Mercartes tenga la obligación de incluir ponencias, estudios o mesas de debate. Tanto da. Pero sí que, si uno de sus objetivos declarados es “expresar, por un lado, la indignación del sector por las últimas decisiones gubernamentales en materia fiscal y, por otro, la capacidad de iniciativa colectiva para asegurar la presencia de las artes escénicas en nuestra sociedad”, hacerlo sin reflexión y sin debate se me antoja complicado; o de resultados tan nutridos de indignación y entusiasmo, como carentes de visión estratégica y de utilidad real. Una indignación y un entusiasmo que podrán llevar a algunos a compartir el “brindis al sol” del Presidente de la Junta de Extremadura, decidido, ya veremos por cuánto tiempo, a compensar la subida del IVA de la cultura con un supuesto chorro de subvenciones, en un inefable ejercicio de política cultural que tendrá para él la enorme ventaja de no poder ser aplicado; y, para los demás, de situar el debate sobre la financiación de la cultura donde menos nos conviene que sea situado.

Pero no confundamos el dolor con la injusticia. Terminemos simplemente señalando que, en el límite, el asunto tendría que plantearse a la inversa. La cuestión no consiste (no debiera consistir) en advertir a autoridades y ciudadanos de los grandes perjuicios que las “medidas anticrisis” pueden causar al sector cultural; sino en demostrarles que el sector cultural, en el ejercicio normal de sus funciones, y si le dejan, puede hacer una contribución insustituible a la superación de la crisis. Sin embargo, para ello, ay, sería bastante conveniente razonar un poco más.

Revista ADE-Teatro nº 142 (Octubre 2012)

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