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Artículos y noticias

Ante el presente de nuestra cultura

01 de Julio de 2012

Por Jorge Urrutia.

 

El pasado 6 de junio de 2012, un grupo de creadores y de profesionales liberales, entre los que figuraban Fanny Rubio, Juan Genovés, Juan Antonio Hormigón, Antonio Roche, Marta Sanz, José Sanchís Sinisterra, Antonio Saura o Carmen Linares, apoyados por más de sesenta firmas, presentaron en Madrid un manifiesto en defensa de la cultura promovido por la asociación “Espacios de Intercreación-Creaciones sin Fronteras”. Levemente remodelado, se reproduce aquí el texto introductorio que leyó Jorge Urrutia.

 

 

Desde hace tiempo, la cultura sufre una serie de agresiones a las que en España, al contrario que en otros países europeos, nadie ha hecho de verdad frente.

Se ha confundido, incluso en medios de comunicación importantes, en museos, en academias, en universidades, en muchas editoriales, la cantidad con la calidad.

Se ha confundido el número con la democratización.

Se ha confundido la productividad económica con el pensamiento y la formación.

Y se ha confundido el partidismo con la crítica.

La cultura se vio, así, capitidisminuida en su importancia para la vida y el ser de un pueblo. Un pueblo que como el español, en todas sus particularidades de raíz histórica, se siente europeo e íntimamente unido, por lengua común y por costumbres, con Hispanoamérica. Una lengua que, con especial importancia en estos momentos, significa más para el producto interior bruto español que la fabricación de automóviles. Nadie, sin embargo, parece preocuparse porque se vendan menos libros, ni reclama ayudas o un plan renove destinado a las librerías.

Tampoco se pone coto al aplastamiento de nuestro cine o de nuestro teatro por espectáculos teóricamente globalizados. Si sabemos que el público elige, también sabemos que puede manipularse o educarse.

Creemos que la cultura está ligada a la educación y que, desde los primeros niveles escolares, hay que formar el gusto del niño, crear la base humanística sobre la que, luego, puedan asentarse los conocimientos técnicos. Sólo el humanismo salva a la técnica de la violencia y de la injusticia.

Pertenecemos a una tradición cultural que sigue teniendo una enorme fuerza creativa y que se integra, sin complejo alguno, en las líneas mayores de la literatura y del arte internacionales. La posible pérdida de prestigio de nuestra cultura, en la que algunos piensan, no se debe a la menor o mayor capacidad de los creadores, sino a un desánimo colectivo propiciado por políticas erróneas que han buscado más la espectacularidad que la expresión, y la dependencia más que la libertad.

Sabemos que el arte, la literatura y el teatro han sido siempre la expresión de un pueblo. Reivindicamos, pues, la noción de “pueblo”, que las políticas neo-conservadoras y cierto complejo de la izquierda casi han hecho desaparecer de nuestro léxico y de nuestro pensamiento. En el pueblo, concebido como conjunto interclasista, como tradición y como fuerza impulsora, radican el valor y la modernidad de una cultura.

Por mucho que nos conviniera, no se trata, ahora, de pedir dinero, porque la cultura se ha desarrollado siempre en España en medio de presupuestos insuficientes. Además, cuando los responsables políticos han querido ocuparse de la cultura, antes que establecer un sistema general que abriese posibilidades, han preferido construir grandes instalaciones ante las que fotografiarse y que hoy resultan imposibles de mantener. Edificios donde la reflexión, tan necesaria en el arte, llega a ser imposible. O bien, en la situación presente española, dedican esos edificios a actividades de campanario, que algunos llegan a alabar porque, aunque nada puedan aportar de válido, les permite resolver la economía diaria (que no es poco) y, como se dice hoy, “hacer curriculum”; es decir: sálvese quién pueda.

No es un problema ni de actitud política de unos u otros partidos (aunque, naturalmente, para unos la creación cultural sea más o menos importante que para otros), ni de dinero. Tampoco es ya solamente un problema de opción política, sino de autoestima, de exigencia y de decisión.

Es, sobre todo, una decisión ética. Esa ética que hoy brilla por su ausencia cuando los especuladores o los responsables económicos salen del banco que han hundido con indemnizaciones millonarias, o cuando un funcionario público, como un juez, puede creer que las reuniones oficiales deben hacerse en restaurantes o entornos de lujo. Mientras, las plazas de nuestros pueblos se llenan de obreros en paro y las calles de las ciudades se pueblan de mendigos.

En estos momentos de grave crisis social y económica la cultura puede y debe significar una balsa de salvación en la que navegar hacia un horizonte nuevo. Por eso es necesario hacer un llamamiento a la ciudadanía en general y a los intelectuales y otras personas ligadas a la cultura para que actúen, recuperen el espíritu crítico y salgan a la calle como creadores.

Defendamos la cultura como espacio de reflexión, como expresión popular, como manifestación de una ética de la vida, como defensa de una herencia histórica y de un patrimonio simbólico y como afirmación de una fuerza productiva. Recuperemos también el convencimiento efectivo de que pertenecemos a una cultura importante cuya pervivencia y prestigio están sobre todo en nuestras manos.

Escribamos, pintemos, organicemos teatro de urgencia, hagamos cine de estética militante, cantemos en pequeños locales, reencontremos la poesía recitada a grupos exiguos pero comprometidos. Hagamos, si es necesario, una cultura de resistencia, pero recuperemos la frescura de la libertad y de no deberle nada a nadie. Ganaremos la seguridad de que nuestra labor podrá calar en el cuerpo social, se hará uno con él y reencontraremos a un público que necesitamos y que nos necesita, aunque haya sido raptado por los efectos de la desidia y el abandono.

A los políticos pidámosles únicamente que, si siguen huyendo de la realidad,

si no ayudan con decisión a nuestra cultura, si no la creen importante, si estiman que, en momentos de dificultad económica, la cultura no es sino un maquillaje cutáneo, si —en su ignorancia— están convencidos de que las inversiones en cultura no son productivas, o si piensan dejarla también al albur del mercado multinacional, entonces, que se limiten a redactar una ley de mecenazgo que no piense sólo en facilitar un escape a las grandes fortunas y, sobre todo, eso sí, sobre todo, que nos dejen en paz, que nos dejen trabajar en paz.

Porque, como dijo el poeta, nuestros cantares no pueden ser un adorno.

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