Volver al listado de noticias

Artículos y noticias

La herencia recibida y las excusas debidas

01 de Abril de 2012

Por MF Vieites.

 Las declaraciones recientes del Presidente de la Patronal (la misma que en su día sufragaba un estudio en el que se afirmaba que la inteligencia es cosa de genes por lo que el sistema educativo no está para garantizar una igualdad de oportunidades que las cunas niegan), pidiendo olvidar el día de la huelga general es muy sintomática de una forma de pensar muy asentada en los tiempos que corren y que se orienta a negar el pasado, porque el pasado es memoria, es historia, y las hemerotecas le pueden sacar los colores al más pintado. Ejemplo: ahora que el gobierno de España ha decidido conceder una generosa amnistía a los defraudadores fiscales, nos dicen que lo que en tiempos de Zapatero era ocurrencia y barbaridad supone a día de hoy medida necesaria para sacar a España de una bancarrota que, curiosamente, parece no tener relación alguna con aquella defensa a ultranza de la economía del ladrillo que tanto se promovió no hace tanto. Ese tipo de conducta es especialmente grave no tanto por la hipocresía implícita sino porque de forma explícita supone una burla ostensible a la ciudadanía, a la que quisieran extirpar la capacidad de pensar. En una sociedad del conocimiento se apostó por esa economía del ladrillo, mientras la investigación languidecía y ahora desaparece, con lo que se elimina la única vía para aumentar la competitividad, pues para ellos ésta última depende del trabajo a destajo, sin más.

Todo ello denota una determinada forma de pensar, un determinado modelo de conducta que en buena medida se basa en un argumento que jamás fue más allá de la célebre pregunta retórica, “Mire usted, ¿sabe usted con quién está hablando?”, pero que, al fin y a la postre, dominó la política española durante más de 150 años a lo largo de los pasados dos siglos. Una pregunta que refleja un modelo de pensamiento, la negación del otro y de sus razones, que en España nos sitúa de lleno en la sociedad estamental propia del Antiguo Régimen, y que a lo largo del siglo XIX y del siglo XX dio lugar a la emergencia en España de una cultura del señoritismo, en unos casos con señoritos premodernos y en otros con señoritos posmodernos, todos ellos amantes de las modernidades, que no de la modernidad. 

Los actos de celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, y todas las cosas laudatorias que en torno a la misma se han escrito, no dejan de ser una muestra de esa tendencia a negar el pasado y a negar la palabra. Porque ante tantas y tan bellas palabras, cabría hacer un simple salto temporal para ver dónde se situarían muchas de las personas que hoy rinden tributo a aquel texto si viviesen aquel momento y no éste. Muchos de los agentes que operan en la esfera pública actual hacen gala de un pensamiento claramente preconstitucional, es decir, contrario a cualquier constitución, por mucho que se envuelvan en banderas como las de la libertad o la democracia, y por eso, de haber vivido los acontecimientos de principios de aquel siglo nefasto, el XIX, se habrían situado claramente en las filas regalistas y habrían condenado la Constitución de Cádiz y perseguido de forma inmisericorde a tantos ilustrados que hubieron de padecer cárcel, exilio o ajusticiamiento. Lo mismo que hacen ahora.

Todos los males que padecemos en este país, tienen su raíz primera en aquella negación radical de la ilustración y de la modernidad que formularon las fuerzas tradicionalistas y conservadoras que han dominado la vida política española a lo largo del siglo XIX y XX, esas mismas fuerzas que convirtieron a España en un erial en tantos ámbitos de lo social, lo cultural, lo artístico, lo científico o lo económico. Aquella negación radical de la Ilustración supuso que España estuviese anclada en las estructuras del Antiguo Régimen, que en buena medida todavía permanecen vigentes en no pocas prácticas políticas de hoy mismo, como muestra la pervivencia de ese poderoso caciquismo cerril que todavía se practica y jalea (mi marido, mi cuñado, mi hijo, mi primo, mi señora…).

Es muy difícil hablar en España de la cultura del emprendimiento porque durante siglos las clases dirigentes han promovido la cultura del señoritismo, y mucho antes que la fiebre posmoderna declarase extinguido el mito de la sabiduría, en España ya se había declarado la guerra al conocimiento y el culto a la muerte, como perjurara Millán Astray en Salamanca, para solaz de tantos acólitos de la ignominia intelectual, o como testificara Gonzalo Fernández de la Mora en su visionaria obra El crepúsculo de las ideologías, para goce de quienes gustan de hacer las cosas “como Dios manda”.

Los años del trienio liberal, del sexenio revolucionario, de la Segunda República, junto a los que suman los gobiernos de González y Zapatero, significan muy poco comparados con los años en que gobernaron las fuerzas reaccionarias, conservadoras y tradicionalistas, esas que convirtieron a España en una reserva espiritual integrista, impermeable a tantos avances en tantos campos y a cualquier programa o idea de progreso. Por eso siempre fuimos, somos, furgón de cola.

Fuerzas que se han sumado al carro de la hégira posmoderna contra cualquier utopía, pues, en el fondo, el pensamiento posmoderno, al considerar que el pensamiento mismo no deja de ser un simple discurso sin validez moral o ética, y por tanto sin historia, y al proclamar la absoluta relatividad del discurso, acaba por subsumirse en el pensamiento premoderno, es decir, acaba por generar procesos de comunicación que no se basan en la lógica del discurso sino en la destrucción de cualquier lógica que el discurso pueda tener, sobre todo la lógica histórica, y por eso se hace tan común el decir digo donde decía diego, y viceversa, y convertir la frivolidad o la ignorancia en tendencia dominante. Por eso mismo en España se ha comenzado a generar una lenta pero imparable reivindicación de la dictadura del general traidor, y una perversa e implacable demonización del pensamiento ilustrado, del ideal de la modernidad. En realidad, España sigue anclada en los años más oscuros del siglo XIX, y la marcha general de la política del Estado no es más que un signo inequívoco de ese regreso al pasado. Esperemos que esa máquina del tiempo no se desajuste y acabemos en plena posguerra.

Ese anclaje en los tiempos del antiguo régimen, esa defensa de la sociedad estamental, esa apuesta por la perversión de la cultura popular para reconvertirla en suma de tópicos y tipismo, se deja sentir en la agresiva defensa que se hace de eso que llaman tauromaquia, que destaca, precisamente, por el uso de tantas malas artes para torturar un animal indefenso. Pero de la defensa agresiva se pasa ahora a la reivindicación de esa tauromaquia no ya como fiesta nacional subvencionada sino como patrimonio inmaterial, como bien cultural y como objetivo prioritario, eso quieren, de la UNESCO. Esa defensa aguerrida e integrista del mundo de la tauromaquia no es más que otro signo de ese retorno al pasado, a nuestro pasado más oscuro y más tenebroso.

Hablar ahora de las herencias recibidas como mecanismo de defensa ante la impericia manifiesta, no deja de ser un despropósito para aquellas personas que se sitúan en las filas de esos grupos políticos, familiares, o corporativos que han manejado a su antojo, y con la mayor ineficacia, los destinos de todos nosotros a lo largo de los dos pasados siglos. Su herencia ha sido nefasta, y por eso estamos donde estamos. A ver cuando empiezan a asumir su pasado y con él sus muchas responsabilidades en las aflicciones de eso que llaman patria queriendo decir finca.

¡Y a ver cuando piden perdón por tanta fechoría!

Volver al listado de noticias